fbpx

Conocemos el teatro como el escenario erguido sobre las tablas: ante él, inmensos telones ocultan un entramado de luces, imágenes y objetos; son estas telas amplias las que delimitan el horizonte entre dos lugares de naturalezas contrarias: uno en el que se actúa y otro desde el cual se contempla. El teatro es el caparazón acústico de voces y movimientos vívidos que nos confrontan con lo que somos. Bien sea desde los latidos desbocados, los vestuarios ajenos y los textos aprendidos, o por el contrario, desde las filas de butacas, las miradas atentas y las oscuridades expectantes; todos advenimos al encuentro de una historia que, desde las páginas de un libreto, va gestándose con cuerpo y corazón propio hasta encarnarse en las pieles, las voces y los ojos de quienes la crean. Estamos pues, en el nacimiento de la poesía.

Las voces, que atraviesan un sinfín de tonalidades cuando actúan, tienen su origen en el acto poético. Crean cuanto dicen, sin importar que lo dicho no exista ahí. Las palabras, cual ávidos peces nadando en el aire, trazan los escenarios y las emociones que toman lugar en la imaginación. Así, nos remontamos a un tiempo fantástico en el cual nos volcamos sobre el vientre de la vida.

Hoy, nos encontramos lejos del lugar que acabo de describir, sin embargo, no resulta difícil pensar en que existe una gran semejanza entre nuestras habitaciones y los escenarios teatrales. Hoy, alejados de los otros y vulnerables ante los estragos de la pandemia, resulta difícil pensar en el regreso a las tablas, a los telones, las butacas y las luces, ¿cómo salvaremos el metro de distancia entre cuerpo y cuerpo en un arte que nos necesita en el contacto fluido de nuestras pieles? ¿Cómo  miraremos y cantaremos sofocados por una máscara de plástico o por la tela del tapabocas? Estas son preguntas que quizás nos agobien y nos quiten el sueño como actores.

 Creo que es en estos tiempos en los que podemos levantarnos de la cama para abrir el armario y sacar de él ese pijama, que perfectamente podría ser el vestido de una princesa o la capa de un mago. Luego, giraremos el interruptor del bombillo, como si adentro de él estuviesen todas las luces que se regulan en la cabina, y finalmente podremos ir hacia la ventana y  abrir las cortinas, cual amplios telones del teatro que está tomando lugar adentro de nuestros hogares. Una vez ahí, como actores o espectadores, entregaremos nuestras voces a la poesía y adentro de ella hemos de nacer una vez más. La poesía no es el poema, quiero decir, no está atada a la escritura y al verso, por el contrario, brota en libertad desde nuestras acciones y movimientos. Su voz, la nuestra, si bien contiene palabras, en un principio es silencio puro.

Dejemos que sea la acción silenciosa la que guíe nuestros pasos en esta nueva escena, cedamos el espacio a la imaginación, y sobre todo, a la creación de esta historia que nos ha tocado vivir. Hagámoslo de la mano de la poesía.  Confíen en sus voces, que una vez cantaron o gritaron el texto, escrito ya  hace tiempo en una pieza teatral, y escuchen sus propios ecos sobre este escenario. Abandónense en su caída como si en el fondo subyaciese un reino de magia donde están las alas que aguardan por nuestros cuerpos para llevarnos al encuentro de esa voz primera, que cristaliza, adentro de su garganta circular, esa bella palabra por la cual nos convoca: nuestro nombre.

Copy link
Powered by Social Snap